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Elecciones Porteñas 2011: la Marcha no tuvo la culpa.

18 de julio de 2011

Por Aníbal Gotelli
Presidente del Instituto para Pensar Buenos Aires (IpeBA)
www.pensandobuenosaires.blogspot.com
www.actiweb.es/pensandobuenosaires

Estoy leyendo y escuchando algunas declaraciones de ciertos dirigentes del Progresismo Dialéctico que, tras un supuesto análisis de las posibles causas del resultado adverso de las elecciones porteñas, descubren que una de las causas principales ha sido el pertinaz apego de los peronistas a cantar su Marcha en los actos de campaña.

Cantar la Marcha expresa la convicción sobre ciertos valores que se pueden explicar pero que son difíciles de hacer sentir a alguien que no sea peronista.

Es difícil, lo se, y por eso los peronistas recurrimos desde siempre al artilugio político del “Movimiento” para que podamos marchar juntos hacia una victoria, con un objetivo común, todos aquellos que tenemos una visión nacional, popular y humanista de la vida, del progreso social y de la comunidad organizada.

El Movimiento, tiene dos columnas vertebrales, una visible y otra invisible: la visible son los trabajadores y la intangible es la LEALTAD.

A esos dirigentes hay que explicarle algunos valores que hacen diferente al Peronismo, pero sobre todo hay que explicarles el valor diferencial y superador de la gratitud y la lealtad.

La Marcha no es buena cuando las encuestas son positivas y mala cuando los resultados son negativos.

La Marcha no es buena para pegar una colectora a una lista que supuestamente va a ganar, y después es mala cuando la lista no gana.

Las elecciones las ganan los dirigentes socialmente reconocidos por la sociedad que debe votarlos.

La sociedad no vota líderes que nadie conoce, que nadie respeta y del que nada se conoce acerca de sus valores éticos o políticos.

Sobre todo el votante pone su voto al que le parece más previsible y algunos dirigentes deben entender que la deslealtad los hace incomprensibles. Y de algunos dirigentes que hoy se rasgan las vestiduras sólo recordamos algunos hechos contumaces de traición, de cambio de vereda y de negación, al modo de Pedro, de los mismos jefes políticos que les dieron la vida o bajo cuya sombra se formaron.

Las elecciones las ganan los dirigentes que tienen locales abiertos, que visitan esos locales, que hablan con los militantes, que reconocen a la militancia a través de la asignación de lugares en las listas que debemos votar. Las elecciones las pierden los dirigentes que no saben o no pueden transmitir su mensaje, o cuyo mensaje no resulta atractivo al electorado.

Las elecciones las ganan los dirigentes que, aún sin presupuesto, suplen su falta de fondos con la sobra de pasión, de vocación, de militancia, de convencimiento con el ejemplo, la doctrina, la autoridad y la coherencia.

Las elecciones las ganan los dirigentes que caminan siempre por la misma vereda, los dirigentes previsibles, aquellos que no van cruzando la calle según la hora y la ubicación del sol.

Las elecciones pueden ser buenas o pueden ser malas, pero siempre son una lección, y las lecciones están para ser aprendidas.

Las elecciones las ganan los dirigentes que respetan a sus militantes, que no defraudan a sus militantes y cuya primera fuente de información y de formación de las plataformas son los propios militantes.

Sobre todo los dirigentes del campo popular deben actuar así.

Los del Macrismo no lo necesitan porque gobiernan, hacen política y compran militancia a través del contrato y del voto baldosa o el voto asfalto. La caja da una ventaja que nosotros ahora debemos revertir con más militancia, con más convencimiento, con más vocación, con más pasión pero sobre todo con más LEALTAD

Yo no hablo aquí de lealtad ciega o lealtad perruna. Estoy hablando de la lealtad convencida, de la lealtad firme, consecuente y sustentable de los que quieren una Ciudad diferente más humana, con mayor progreso y mayor bienestar para todos sin ninguna distinción, prejuicio o preconcepto.

Yo hablo de la lealtad a las ideas, la lealtad a las propias convicciones, la lealtad firme de los que siguen creyendo en lo mismo que creían sin importar las consecuencias o los sufrimientos personales.

Yo hablo de la lealtad a la propia militancia, a cualquier tipo de militancia, a la militancia barrial, de la inmediatez vecinal, pero también de la lealtad hacia la militancia del pensamiento. Hay que revalorizar la militancia del pensamiento y de los militantes que se acercan a nosotros para contribuir con sus ideas al mejoramiento de nuestro cuerpo doctrinario o a nuestras plataformas de gobierno.

Yo hablo de la lealtad hacia los cuadros propios y el reconocimiento a la labor dentro de los partidos. Yo hablo de tener más cuidado con las construcciones. Que sean más coherentes, más leales y menos amorfas.

Debemos de tener cuidado, como decía nuestro recordado Almafuerte, con aquellos políticos que, lejos de haberse mostrado como el “clavo enmohecido, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo”, han demostrado en estas elecciones porteñas “la cobarde intrepidez del pavo, que amaina su coraje al primer ruido”.

Detesto la frase hoy tan de moda del “todo suma”. Es mentira. La suma de lo que no sirve, de lo que no suma, de lo que no perfecciona, no suma nada. Al contrario, termina restando. Basta solo con mirar la oposición a nivel nacional y allí veremos palmaria la respuesta.

Demos aprender la lección de las urnas, la enseñanza que nos dejan todas las elecciones aún las adversas. Sin insultar, sin denostar, sin agraviar. El que no nos vota no es un enemigo que no tiene cerebro, que no merece nuestro respeto, que es un pobre infeliz o una menos persona.

Ese pensamiento violento sobre el voto del 47% de los porteños que viene desde algunos sectores del pensamiento o del arte del Progresismo Ortodoxo o Dialéctico, le hacen un flaco favor a nuestra futura victoria.

Considerar que el que no nos votó es nuestro enemigo, es alguien a eliminar o es menos persona, ha sido el fundamento de la teoría del “Untermensch” del Nazismo por la que se exterminaron millones de personas a las que se consideraba “menos persona, raza o persona inferior” por el hecho de no pensar, no ser o no sentir como el régimen nazista.

El que no nos votó no es un desleal porque nunca nos prometió lealtad. El que no nos votó es una persona que “optó” por una opción que le pareció más apropiada, más cercana, más coherente o más beneficiosa.

Es tan simple como eso. No es muy complicado. Lo complicado es reconocer que hay que dejar lugar a los militantes del pensamiento para que durante los próximos dos años, hasta las elecciones legislativas de 2013, encontremos la forma de revertir el negativo resultado de las recientes urnas.

La victoria es siempre hija de las sumas virtuosas y no de los rejuntes viciosos. No sólo hay que ampliar la base de sustentación de nuestro movimiento porteño. Además hay que hacerlo más sólido, más creíble, más sustentable. Pero cuando digo sustentable, lo digo sobre todo a través de la sustentabilidad del pensamiento coherente y de las sumas coherentes, sumando a aquellos que no van a traicionarnos al primer resultado adverso.

San Martín no hubiese cruzado los Andes sin contar con la lealtad convencida y sin la mística militante de sus capitanes; Perón no hubiese nunca solidificado el Movimiento Peronista sin la lealtad convencida de Apold, de Ramón Carrillo, de José María Freire, de Nicolini, de Bramuglia y de un puñado de dirigentes convencidos en la excelencia del mensaje de su líder.

Los frentes, las alianzas no pueden hacerse sólo para ganar. Las alianzas deben ser fruto de la aceptación convencida y leal de los principios que dan vida a la propia alianza que desea formarse.

Creer, organizarse, militar y convencer. Estoy convencido de que esos serán los cuatro pilares fundamentales de nuestra victoria en 2013.

Primero. Creer en nuestros líderes y en la excelencia mejoradora y sustentable de nuestra propuesta.

Segundo. Organizarse teniendo en cuenta que sólo la organización puede vencer al tiempo. Dos años para 2013 y cuatro para 2015 es mucho tiempo. Si no nos organismos, si adoptamos una construcción política orgánica, con reconocimientos y ascensos internos dentro de nuestras estructuras, se irá perdiendo la mística y nuestra propuesta se verá corroída por una letal debilidad.

Tercero. Militar, no bajar los brazos, volver a los locales, hablar a los corazones y a los intelectos de los que nos votaron para nos sigan acompañando a pesar de la derrota, para que nuestro mensaje no pierda vigencia y no pierda fuerza con el correr del tiempo. Militar para generar todavía más militancia.

Y cuarto, convencer. Convencer a los que no nos votaron. Porque quizás no es que no nos hayan votado porque no piensan como nosotros o porque no les gusta nuestra propuesta. A lo mejor hubo una falla en los mensajes o en los mensajeros. Por eso el que no nos votó no es nuestro enemigo. El que no nos votó es un hermano o una hermana que hay que salir a convencer, que hay que salir a preguntarle que hubo en nosotros que no nos hizo elegibles o qué no nos hizo potables para el gusto porteño.

Por mi parte, como porteño y como dirigente de una institución de estudios políticos y sociales porteños nunca voy a consentir que se ataque a los porteños por el simple hecho de ser porteños, por pensar como porteños, por sentir como porteños o por elegir como porteños. Eso no lo voy a consentir nunca, venga de donde venga, venga de quien venga, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, aún cayendo yo mismo en el fragor de la contienda.

Cuando hay creencia, cuando hay lealtad, cuando hay organización, cuando hay mística militante y cuando hay convicción, la Marcha es lo de menos.

Si por el contrario, no existen uno, algunos o todos esos valores en una construcción política que aspira a la victoria, la Marcha deja de ser un himno militante y continente para convertirse, lisa y llanamente, en una lamentable excusa.

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