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El ombú, un árbol gaucho que da “Bella Sombra” en otros horizontes.

24 de enero de 2014

Corcega_Cerdeña_y_Malta_347Corcega_Cerdeña_y_Malta_127Por  Susana Boragno 

Hay una imagen del pasado que nos es propia: un ombú, un rancho y el horizonte que tan bien están expresados en el cuadro de Prilidiano Pueyrredón, “Un alto en el camino”. El pintor se sirve de una estructura horizontal para traducir la esencia de grandes extensiones, donde el ombú es el gran protagonista.
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Es fácil reconocerlo en nuestro país, pero puede ser difícil reaccionar ante su presencia en otras latitudes donde lo llaman Bell Ombra, Pata de Elefante o Bella sombra. Hasta que de pronto una descubre que se está ante un ombú. Tal es el caso del ombú de Cagliari, en Cerdeña. O de los ombúes de la isla de Córcega, uno en la ciudad de Corti, el otro en la Citadela de Porto Vecchio donde su amplia sombra acoge a los parroquianos de los bares de

los alrededores. Lo acompaña la música de una calesita cercana y el murmullo sonoro de los chicos. A sus pies, tiene una placa en francés, inglés e italiano:

Le “Bell Ombra”

Es el nombre dado a la planta tropical que viene de Sudamérica. Las plantas pueden tener flores macho o hembras. Los  racimos de flores blanquecinas aparecen entre mayo y junio. (Hemisferio norte). Los frutos carnosos amarillentos se vuelven violetas y dan una tintura carmín. Esta especie, “Phitolacca Dioica”, fue donada a la Ciudad de Ponte Vecchio en 1901 y ahora tiene 10 metros de altura.

Sorprende que los ombúes hayan cruzado el océano y estén dando la “bella sombra” en otros territorios. El naturalista Félix de Azara, contaba que había uno en el jardín botánico de Madrid. También había ombúes en Gibraltar y que otros se habían adaptado en Andalucía.

Cuenta el Padre Furlong que Enrique Udaondo fue el primero en publicar sobre la exportación de ombúes a España. En 1775, Don Manuel Basavilbaso, administrador de correos en la colonia, a pedido de su par en España, remitió semillas y unos arbolitos de ombúes. Esto luego dio pie, para saber que no eran originarios de España como algunos sostenían.

A partir de 1850 se comenzaron a generar encontradas opiniones entre algunos naturalistas sobre el origen del ombú, por entonces considerado como árbol legendario de la pampa.

El naturalista Carlos Berg, en 1878, demostró que el ombú era originario de América. Observó que en Corrientes, había pequeños montes de ombú en las islas de las lagunas del Iberá. Los había de todos los tamaños y se reproducían por si mismos en sitios inhabitables y de difícil circulación. Berg creía que esta era la verdadera patria del ombú. Se enteró después, que en la región mesopotámica, había otros centros de dispersión. Esto lo llevo a pensar que en la pampa, el ombú era cultivado. Era probable que se haya acudido a él por su apreciable sombra, necesaria para protegerse de los rigores del verano. La opinión generalizada fue entonces, que se encontraba en la pampa, por la intervención del hombre.

Ya no se discute si esta es una planta herbácea arboriforme o un árbol. Es un árbol de copa muy amplia, muy longevo, cuyo tronco renueva  su vida por su parte exterior, mientras su interior se va ahuecando.

Ezequiel Martinez Estrada dejó escrito,… “ha venido marchando desde el norte como un viajero solitario…y por eso es soledad  en la soledad…se vino con un pedazo de selva al hombro como un linyera con su ropa…grande y sin igual necesita del desierto en su entorno para adquirir su propia extensión… Su tronco grueso, recio…es inútil, esponjoso, de bofe…No se extrae de él  madera…No pueden hacerse vigas para el techo, ni tablas para la mesa, ni mangos para la asada, ni manceras para el arado… más que árbol es sombra; el cuerpo de la sombra…”

Se lo describió como un árbol improductivo, pero el Creador le reservó virtudes nada despreciables. Ofrecía sombra fresca y seguro albergue. Su corpulenta figura marcaba un mojón en el horizonte. Sus raíces extendidas acopiaban jugos en tiempos de abundancia, para soportar la sequedad de la atmósfera y del suelo; y le daban tal fortaleza, que no había pampero que lo derribara. También eran utilizadas como mesa, sillas y cama. Las lavanderas de Buenos Aires, aprovechaban sus frutos que les proporcionaban un jabón que  quitaba las manchas de la ropa. Quizás por estas virtudes y otras más, hace ya más de dos siglos, se haya exportado a territorios tan lejanos y hoy nos asombra, encontrarlo en lugares impensables.

 

  A un Ombú

…Ese destino te espera

Árbol cuya vista asombra

Que al caminante das sombra

Sin dar al rancho madera

Ni al fuego una astilla dar;…

Bartolomé Mitre (Rimas)

 

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