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La Calesita de Don Luis Rodriguez

30 de abril de 2014

Foto Don Luis.jpg 2Calesita de Don Luis.jpg 2Calesita de Don Luis.jpg 5Calesita de Don Luis.jpg 10En junio de 2013 falleció Don Luis un calesitero muy tierno y cariñoso con todos los chicos. Transitó por muchos barrios de la capital e incluso por la provincia de Buenos Aires.

Versalles no estuvo ausente a ese mundo de giros y más giros de calesitas. La calesita funcionó en los baldíos de  Arregui y Barragán ; Arregui y Gana y  Av. Juan B. Justo y Gallardo. Dejó muchos recuerdos en las varias generaciones que lo frecuentaron, hoy padres y abuelos. También se recordará en la época que tenía un caballito de verdad que era el que hacía girar su calesita.

En abril del año pasado lo visité en su casa donde tenía instalada su calesita, ya no la podía atender porque sus piernas no le daban. Le hice un reportaje que hoy lo difundimos para todos los lectores de la Revista Mi Barrio.

– UN MUNDO DE CALESITA

Recorrer la vida de Don Luis es transitar por  ese mundo mágico llenos de    giros   de calesitas.

Su historia es simple, cálida, llena de emociones. La vida no le ha quitado la dulzura de su cara, su sonrisa cordial, su trato lleno de amistad, que  brinda a todos los que golpean su puerta  y siempre nos recibe con mucha calidez, en  su casa de Miralla y Ramón Falcón.

 Hola Don Luis como está?.

Y así empezamos la charla:

“Papá  se casó con Asunción Barcia, mi mamá,  en el año 1919. Trabajaba como guarda en el tranvía  Anglo Argentino de la línea 22 que cubría Plaza de Mayo-Quilmes. No estaba efectivo, cobraba 5$ si suplía a otro trabajador enfermo. Por entonces, el guarda era el encargado de revisar  el tranvía, por si tenía alguna falla, antes de empezar el recorrido. En una oportunidad, en pleno invierno, lo llamaron para cubrir a un trabajador ausente, justo a la hora de salir y entonces no pudo controlar el estado del vehículo. El tranvía partía de Plaza de Mayo y cuando cruzaba el Riachuelo ya iba casi colmado de obreros que trabajaban en los frigoríficos y otras fábricas de Avellaneda.

En la Capital, las vías eran seguras, pero en la provincia empezaba a tambalearse por el exceso de peso. Un señor bien vestido, con galera, se sentó en primera fila y como no funcionaba la traba de la puerta lo llamó para que la cerrase, pero se volvió a destrabar. Como además  mi papá tenía que vender los boletos y los pasillos estaban ya repletos de pasajeros, ante un nuevo requerimiento, mi papá le contestó “ …cierre Ud. la puerta”.

El señor era un accionista de la Anglo y cuando regresó a la terminal, se enteró que estaba despedido. Yo tenía 4 meses, …30 pesos era  el alquiler de la pieza, en Sarandí 1437,…   había que pagarlo…entonces los amigos le prestaron dinero y el 20 de marzo de 1920 compró esta calesita que estaba instalada en Ramos Mejía,  a dos socios que vivían peleándose… La calesita arrancó por todos lados, Capital y provincia…no le fue mal… aún sigue girando…en 1924 compró esta casa junto con mi padrino de bautismo…fue a estrenar…Pedro Lordi, que vivía en la calle Pola compraba lotes y construía casas.

A los 13 años, cuando terminé la primaria, estudié un año más en el Incorporado Instituto Alsaa, con tal mala suerte, que como la escuela no cumplió los requisitos, no aprobamos el año ninguno.

 

Mi padre me dijo: de vago no te quiero”. A esa edad era difícil conseguir una ocupación y me preguntaba todos los días :“¡Como te fue?…Papá no conseguí nada…Entonces me dijo: nosotros somos tres, papa, mamá y vos y tenemos este aparato…necesito un peón…lo que obtenemos lo dividimos en tres partes…”. Ocupé el lugar del peón que se había ido. Entonces tenía 15 años, ahora tenía trabajo que lo continúo hasta la fecha.

Su papá falleció en julio de 1944 por un derrame cerebral. “Teníamos la calesita en Cortina y Nogoyá en el Barrio de Villa Real y la estábamos mudando a Juan B. Justo y Fragueiro. Nos ayudaban unos muchachos y unos primos, ya teníamos colocado lo que se llama el paragua. Yo con el camión fui a buscar el resto. A las dos cuadras nos corrieron para avisarme  que papá se había descompuesto. Lo llevamos al Hospital Salaberry, pero llegó muerto. Este lugar donde la estábamos armando eran terrenos de las monjas, (de la Iglesia San Cayetano) y lo administraba un apoderado español. Lo fui hablar y me dijo que cuando juntase el alquiler se lo  llevase, en ese tiempo podía ser 15, 20 o 30 pesos por mes, no recuerdo bien.

A ese lugar regresé tres veces más.

La calesita caminó mucho por el barrio de Liniers y sus alrededores: Montiel y Ramón Falcón, Caruhé y Rivadavia; Tuyú y Rivadavia; Avenida General Paz y Rivadavia, estaba sobre la avenida donde daba vuelta el tranvía

porque todo eso era potrero; Larazabal y Ercilla, Larrazabal y Sequeira; Tonelero y Tellier; Peribebuy y Cañada de Gomez, antes que edificasen la manzana; Caaguazú y Fonrouge. En esa época yo iba a la escuela que está  sobre Fonrouge y mis compañeros me llamaban “inspector de calesita…andá a dar la lección…”

Y Don Luis recuerda a sus caballitos: “se les enseñaba día por día.

Tenían que tener un carácter tranquilo y lo hacían con los ojos tapados…no teníamos que preocuparnos por el alimento…como no producían desgaste, el veterinario nos estipulaba la ración tanto de maiz como de pasto que lo comprabamos en la forrajería. Corría un dicho entre los calesiteros: “Peón, caballo o perro que durmió una noche bajo la lona no la deja nunca más”.

El primer caballo que tuvimos se llamó Rubio. Muy inteligente…era una persona. Cuando ya de viejo se enfermó, le habíamos hecho una cama de paja…no se podía mover…pero cuando sentía la música de la calesita, paraba la cabeza. Un domingo, que había mucha gente, se levantó con gran dificultad y tambaleándose, llegó hasta la calesita y cayó muerto al lado del alambrado.

El segundo caballo fue Charo. Cuando estábamos en la calle Remedios entre Azul y Pergamino, nosotros íbamos antes a preparar todo y atar el caballo…vi que tenía la boca llena de gusanos…vino el veterinario y le dijo a mi papá que había que sacrificarlo… no tenía solución…y se lo llevó. Y ahí pusimos el motor, era marca Stover, de fabricación de Estados Unidos. Ya estábamos en Corvalán y Ramón Falcón.

Recuerdo cuando nos íbamos de gira, se ganaba bien, pero era muy sacrificado…estábamos en todas las kermeses…Una vez en Cacharí mataron a un tipo frente a la calesita.  La Sociedad Española de Socorros Mutuos organizaba romerías… conocía a mi viejo y le mandaba un telegrama para que vaya con la calesita a Tapalqué, Saladillo, 25 de Mayo, de la Riestra, Las Flores,… Había pueblitos en  que no había nada, estaba la estación ferroviaria, el almacén, la delegación municipal, un vivero y nada más…pero a esas romerías, venía mucha gente del  campo, … se hacían a beneficio del hospital zonal…trabajábamos tanto que veníamos muy flacos,… no teníamos tiempo para comer…armábamos la calesita para el viernes, sábado y domingo y ya el lunes desarmarla y cargarla en el tren hasta el próximo destino y volver a  armarla…y así muchas veces. Ya teníamos el motor, porque era difícil transportar al caballito. Salíamos para mediados de octubre y regresábamos en Marzo cuando empezaban los colegios.

Don Luis cuenta sobre el organito “…nosotros teníamos uno grande…era de París, marca Faucher y Gasparini…lo vendí cuando compré la vitrola…yo la hacía funcionar, tenía un volante que facilitaba su manejo y contaba con un cilindro que  daba vueltas  y así sonaba la música. El que reparaba los organitos  era Vicente de la Salvia…era el que más sabía sobre el tema. La música del  organito le daba la orden al caballo para comenzar y éste paraba cuando finalizaba la música. Una vez vinieron unos muchachones y quisieron confundirlo y para que siguiese le tocaron la armónica, pero él no les dio bolilla, tenía que sonar la música del organito… Cuando dejamos de utilizar el organito, comenzamos con la vitrola…yo compraba los discos de la “nueva ola”: fox-trox, boogue boogue, rancheras etc.

La primera sortija la hizo el tornero Barcia que trabajaba en los Talleres Ferroviarios de Liniers. Le di un pedazo de madera de lapacho, su papá también era calesitero.

Antes de tener la calesita en mi casa, estaba en Bacacay y Cesar Díaz, pero me robaron la lona que la cubría,… que hacía tres meses  había comprado…sólo le servía a otro calesitero. Mi mamá ya estaba enferma, no podía pagar otra. Entonces decidí achicar la calesita, de 7,50 de diámetro la pasé a 6 metros…tardé un mes y medio en hacerlo y desde el año 1965, la tengo aquí, en lo que fue el jardín de mi casa.

¡¡¡La calesita es mi vida, mi vida misma. Toda mi historia está reflejada en sus vueltas¡¡¡

Son muchos los premios que Don Luis Rodríguez ha recibido que hoy adornan las paredes y los muebles de su casa:

Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

Centro de Participación y Control Ciudadano- Junio de 1999

Vecino Participativo 1999.

Premio Casa de Cultura de Liniers

Rotary Club Villa Luro- Monte Castro

Premio al Mérito Villa Luro otorga Don Luis Rodríguez por su destacada trayectoria, Diciembre 2006.

Rotary Club de Liniers en reconocimiento al mérito por su trayectoria en nuestro querido Barrio de Liniers 4-11-1998

Artífice del Patrimonio de Buenos Aires 4-11-2003

Escuela N° 15 D.E.20 República Islámica de Pakistan Septiembre 2002.

 

Me reitré de su casa y le dije: Gracias Don Luis y con mucho afecto¡¡¡

Susana Haydée  Boragno

 

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