Coronavirus (Covid-19)

RINA MANZINI

26 de enero de 2016

Rina ManziniAún no había cumplido los veintinueve  pero las  diminutas arrugas alrededor de los ojos  y sobre todo la expresión cansada y desilusionada la hacían parecer más vieja. Una cortina muy oscura  la  protegía de la luz que sin permiso entraba por la ventana del departamento. Como todos los días, se había acostado cuando los demás ya iban a trabajar.

 

Algunos, como la paraguayita que baldeaba la vereda  hacía un rato que estaba gastando la escoba con energía. La saludó con una media voz poco respetuosa .En el ascensor se había encontrado con  el médico del cuarto piso. El tipo se iba ya vestido con un ambo celeste  planchado con esmero. Por la ropa Rina  había dejado argumentar los ratones y se imaginaba  su profesión. Ella también sabía que él adivinaba la de ella, los zapatos dorados de taco aguja, la falda más corta de lo deseable y el maquillaje teatralizado espeso y ya corrido de los ojos eran claras señales de su actividad. La escena se había repetido ya muchas veces. Ella que venía de la noche y él que iba al hospital.

 

Rina Manzini  entró al departamento, revoleó los zapatos y buscó una cerveza en la heladera. Del pico y con pocas interrupciones el vidrio quedó exhausto. Dio unos pasos bamboleante y por el vahído del alcohol se tiro en la cama y en segundos estaba durmiendo. Soñó con Julián, soñó que la besaba, soñó. que estaban  en esa playita de Vicente López a la que iba con su madre y su hermana cuando venían a Buenos Aires desde su pueblo.” Rina vení mójate los pies , no tengas miedo”, Juanita la llamaba  mientras jugaba con la muñeca Yoly Bell, el tesoro que “los Reyes” les habían traído.

 

La madre  las miraba  sentada en una vieja manta, que  sacaba quién sabe de dónde cada verano, y a las nenas les auguraba esas “vacaciones” tan deseadas. Se despertó recordando el sueño. Le gustaba el río. Le gustaba esa época. Todo ahora era tan distinto. A Julián hacía más de tres meses que no lo veía. Sabía que no iba a volver. Siempre decía que se iba a separar de su mujer pero  sólo eran mentiras.

 

La cerveza le había hecho mal  Casi no llega al baño, vomitó y se sintió aliviada. Se lavó la cara y pensó en acostarse otra vez, pero oyó un ruido, alguien había pasado un  sobre por abajo de la puerta. Lo levantó con curiosidad. No era ninguna  boleta para pagar ni tampoco una propaganda inútil. El sobre decía con letras de imprenta muy rectas y muy separadas. “para mi compañera de ascensor” A ella  nunca  le habían  escrito nada.

 

Tambaleante  lo levantó y lo abrió demorando el momento que presumía agradable, necesitaba que así fuera. Se sentó en el viejo sillón de  caña y con una lentitud rara en ella leyó la cartita.” Estimada señorita, no sé su nombre pero  yo me voy a presentar soy el médico del cuarto, me llamo Joaquín. Mañana es mi día franco.

 

¿Quiere almorzar conmigo?. Intuyo que a la noche  está ocupada”. Rina  sonrió, Rina  se  puso de pie bien firme, Rina se miró en el espejo y se encontró muy bonita, Rina alimentaba una ilusión. A pesar de los ojos cansados, a pesar de  tanto brillo falso cubriendo su cuerpo por las noches Rina tenía una vida por delante. Sólo debería volver a soñar con sus tardes en el río acunando entre sus brazos a la  rubia Yoly Bell.

 

 

 

Rosa de la Fuente

                           

 

 

 

 

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