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La conspiración de Álzaga

19 de julio de 2021

Por Ernesto Martinchuk

 

Un pelotón de fusilamiento se alinea para cumplir la terrible sentencia.

 

Redobla lúgubremente el tambor.

 

Va a ejecutarse lo dispuesto por Rivadavia, apoyado por Chiclana, Monteagudo, Vieytes e Irigoyen, para salvar la Revolución de Mayo. En la plaza de Buenos Aires, que ha sido escenario, en el breve lapso de un lustro, de acontecimientos en los que se funda el espíritu de una nacionalidad, ya penden de la horca los cadáveres del negro Ventura, de Martín Cámara y de otro conjurado en la aspiración de derrocar el poder de los argentinos y restablecer en el Río de la Plata, el régimen colonial que daba preemiencia absoluta a los españoles.

 

La visión del patíbulo es tétrica. Infunde pavor, pero también retempla, con su sentido trágico, el espíritu de los que se sentían desfallecer por los contrastes de la guerra. Porque nadie ignora en la ciudad que es adversa la suerte de las armas patriotas.

 

En el norte, Belgrano carece de recursos para contener la ofensiva de Goyeneche, general hispano dotado de inteligencia y de recursos, y en la Banda Oriental la resistencia de los peninsulares se ve reforzada por la intervención de los portugueses. Por las calles y recovas corre la sensación de que la voluntad de los gobernantes criollos se concreta en hechos.

 

En la misma plaza donde hace pocos días se entregaron los fusiles comprados por las damas porteñas y se liberó de su condición de esclavo a más de un moreno, en premio a sus servicios, no es ahora la vida sino la muerte la que señala el rumbo…

 

Se sabe que don Martín de Álzaga, jefe indiscutido de los diez mil españoles que habitan Buenos Aires, ha negado ante el fiscal Agrelo cada uno de los cargos que se le formularon y que, descubierta en una de las mangas de su capote una anotación que no dejaba lugar a dudas sobre su responsabilidad en los hechos que debían estallar de un momento a otro, ha enmudecido.

 

La reunión de vecinos se ha convertido ya en una verdadera multitud, aquel 6 de julio de 1812.

 

Convenientemente distribuidas, hay guardias que velan en previsión de posibles disturbios, pero el pueblo se mantiene sereno. En ningún momento intentó hacer justicia por mano propia. No ha agredido a español alguno, ni ha atentado contra sus propiedades. El pueblo confía en las autoridades. Sabe que nada harán que no esté debidamente asentado por el derecho.

 

Inquietó la noticia de que Rivadavia había hecho detener a su colega Pueyrredón por oponerse éste a las ejecuciones, pero ninguno movió un dedo para hacer peligrar la estabilidad del gobierno.

 

Suena, lúgubre, el tambor. Se oye una descarga cerrada… Don Martín de Álzaga ha caído. Cae con él una de las personalidades más sugestivas del régimen colonial…

 

Orgulloso, ambicioso, sediento de poder -veía en el mando la ocasión de demostrar la superioridad del español, como persona, sobre el criollo, aunque fuera éste de sangre española- había tenido actuación descollante en el curso de las invasiones inglesas. En la conspiración del 1° de enero de 1809 contra el virrey Liniers, donde se le sindicó como uno de los cabecillas.

 

Los que no pudieron verlo en sus últimos instantes, supieron más tarde que había muerto como un valiente. Ni un solo gesto de pavor descompuso su rostro ante el pelotón de fusilamiento. Nada dijo cuando ya era inminente la descarga… ¿Quién podría -habrá pensado en su altivez-recoger una frase dirigida a la historia?

 

Pausada y ceremoniosamente, el cuerpo de don Martín de Álzaga es conducido al pie del patíbulo. La cuerda de la horca sigue ceñida a su cuello.

 

El verdugo -ahora un verdugo de sombras- levanta el cadáver que estaba bamboleándose…

 

La muchedumbre permanece silenciosa. Ni una palabra intempestiva agravia al recuerdo del que conspiró contra todos… Existen hombres que hacen un ademán para descubrirse, pero se detienen porque quien pende de la soga, inánime, es un reo…

 

La Justicia ha sido cumplida. Con esto basta.

 

La Revolución no ha podido detenerse en los mismos sentimientos humanitarios que la inspiraron. Don Martín de Álzaga preparaba derramamientos de sangre. Perdió. Eso es todo… Pero de la multitud se desprende un hombre, que se abraza al madero. Llora emocionado… Llora de alegría…

 

En 1795 don Martín de Álzaga lo había hecho torturar, acusándolo de tener intenciones contra las autoridades coloniales.

 

La verdad es el único medio que tienen los mortales para desafiar a Dios…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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