El 25 de Mayo en Tiempos del Restaurador
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Vestidos con la ropa de gala, salíamos de casa a mediodía, y llegábamos casi mareados a la Plaza de la Victoria, porque en aquella época se conservaba en pie todavía la buena costumbre de no ventear mucho a los niños, y de no dejarlos discurrir de cuenta propia por las calles de al ciudad. En el trayecto recorrido, como en todas direcciones, no se veía una sola casa en que no flameara la bandera azul y blanca.
Encontrábamos las bocacalles de la Plaza interceptadas por jinetes campesinos, engalanados a su manera, que venían a presenciar los festejos. El adorno consistía en arquerías, templetes, banderas y gallardetes; y los demás atractivos, en la consabida rifa de cedulillas, las calesitas para los niños que iban acompañados, los rompecabezas para las criaturas que iban de su cuenta, y la cucaña para los marineros, que subían a ella, con arena en los bolsillos, para neutralizar el efecto del jabón, ávidos de conseguir la muda de ropa colocada como premio en la extremidad del mástil.
El pavimento estaba cubierto, literalmente, de cáscaras de naranjas y papelitos blancos de la rifa. Los ángulos y el centro de la Plaza, eran los sitios preferidos de las negras expendedoras de pasteles con miel, y de los negros vendedores de tortas y rosetas de maíz.
Nos llamaba mucho la atención los pesados trenes de la artillería, arrastrados por mulas, el batallón de Restauradores, formado por los africanos y los descendientes de esa raza, os tambores mayores, negros y blancos, con sus delantales flamantes, y los gastadores con los instrumentos de zapa al hombro, barbas postizas y morriones de pelo. . . . . . . . . . .
Ciriaco Cuitiño
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